18.11.10

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Mujer audaz si la ha habido, Bárbara Bella da Silva llegó a tierra de papas precedida por una fama contradictoria que nunca permitió ponerse de acuerdo a sus críticos y sus admiradores. Se presentaba en público vestida con un sobretodo ranglán de paño gris, pantalones color bizcocho y el cabello engominado a lo Valentino, sin una gota de maquillaje, mascando un habano de seis pulgadas que hubiera hecho delicias de cualquier fumador profesional. "Nada que no sea milagro me interesa", solía decir a los reporteros que la emboscaban en los vestíbulos de los hoteles. La culpa del amor la tuvo el frac de los conciertos. Jozef Miaskouski estaba cortando una solapa de muaré en la trastienda de la sastrería cuando de repente un inaudito aroma a cachaza de caña saturó el local; alzó la vista y vio a una mujer de cobre, un loro en el hombro, que se probaba ante el espejo el traje de un mayordomo. "Es suyo", dijo sin pensar en las consecuencias: "Y nada me gustaría más que serlo yo también".


La eternidad por fin comienza un lunes, Eliseo Alberto

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