18.11.10

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Porque a fin de cuentas la cuenta que cuenta es la suma de los momentos en que el ser humano vence del miedo magistral de entregarse entero a otro ser humano. Y fue ese domingo, tendido en el suelo del carricoche, ardiendo junto a tu bailarina, que el mago acabó de acabar el nunca acabado conjuro de la magia, porque supo que todo el rumbo de su existencia, aquella trocha hasta entonces vencida a ciegas, era la ruta necesaria que lo conducía hasta una muchacha de ojos almendrados, como de ciervo atrapado en las redes cazadoras de una inmerecida tristeza, y supo que sus ojos, los de él, que tanto habían mirado a lo largo de la marcha, no habían perdido la inocencia sólo para poder mirar al amor sin avergonzarse, y para verla a ella, a ti, desnuda, isla nunca descubierta, y que sus manos, las de él, que habían golpeado a las puertas pidiendo amparo, que habían escrito mensajes en la arena de una playa, allá en el país perdido de su infancia, manos que se habían agarrotado de tanto decir adiós a sus contadas alegrías, sus pobres manos, Anabelle, habían estado esperando día tras día y noche tras noche, sin quejarse, la oportunidad de tocarla a ella, de tocarte a ti, ciervo escapado de la trampa, patria nueva, y entendió que para que el conjuro se acabara de acabar urgía añadirle sólo una palabra, una palabra que encarnase en sí misma las carnes de las palabras mismas y significase todos los significados posibles e imposibles, una palabra única como el sabor de la sal, precisa como la sombra de una palma, redonda como un aro de fuego, una palabra que se pudiese sufrir, que se pudiera poseer al pronunciarla, y ninguna le pareció mejor que la palabra mujer, claro, mujer, la simple palabra mujer, una palabra recién estrenada, inventada, amada, dicha al final cósmico del conjuro, luminosa luna en el fondo sin fondo de la felicidad.


La eternidad por fin comienza un lunes, Eliseo Alberto

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