Al apagar la luz, el sótano se cubrió de un firmamento de pizarrón negro. Dos pupilas brillaban: las pupilas sueltas de la muñeca ciega volaban en busca de sus ojos. Fulgencia reconoció su muñeca favorita, la que tenía el pelo arrancado a fuerza de nudos y de lavados, la sonámbula de las noches que bajaba en el ascensor hasta el sótano y paseaba sus ojos por las ventanas vacías.
Día de santo, Silvina Ocampo
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