Comprendí: por eso la estaba esperando ahora; pero eran las cinco y no estaba. Ella sabía que yo debía estar en el trabajo antes de la cinco y no podía dejar de ir. Me dijo a las tres. Pero no venía. Yo tenía que irme y deseaba verla, porque presentí que no podía decirle otro día lo que iba a decirle hoy. Pero no venía. Ya las puertas se habían abierto hacía dos horas y pronto las cerrarían. Pero no venía.
Yo sabía que ella sabía que yo sabía que ella no tenía tía alguna en aquella casa ni quizá en otro lado fuera de los muros del cementerio y que sólo lo había simulado, para que yo no supiera dónde vivía. Pero yo no ignoraba que ella ignoraba que yo no ignoraba que ella era hija de un enterrador y vivía en una casita de madera al final del cementerio, más allá de donde entierran a los que no tienen tierra donde ser enterrados. Por eso yo tenía noción de que la conocía, porque un día fui a acompañar un entierro, y luego, para alejarme de la gente que lloraba, llegué caminando hasta la casa entre los pinos y la vi, lavando bajo un árbol que no era pino, pero ella no me vio, porque estaba llorando y sus lágrimas rodaban por su cara y caían en la batea y se fundían con el agua en que lavaba. Me fui porque un perro que estaba sentado en la puerta comenzó a gruñir y los gritos insoportables de las mujeres parientes del que era enterrado, indicaban que ya lo estaban bajando y que yo tenía que estar allí para irme en el carro -lo recordé, porque me la imaginé llorando no sé dónde y no sé por qué.
Yo sabía que ella sabía que yo sabía que ella no tenía tía alguna en aquella casa ni quizá en otro lado fuera de los muros del cementerio y que sólo lo había simulado, para que yo no supiera dónde vivía. Pero yo no ignoraba que ella ignoraba que yo no ignoraba que ella era hija de un enterrador y vivía en una casita de madera al final del cementerio, más allá de donde entierran a los que no tienen tierra donde ser enterrados. Por eso yo tenía noción de que la conocía, porque un día fui a acompañar un entierro, y luego, para alejarme de la gente que lloraba, llegué caminando hasta la casa entre los pinos y la vi, lavando bajo un árbol que no era pino, pero ella no me vio, porque estaba llorando y sus lágrimas rodaban por su cara y caían en la batea y se fundían con el agua en que lavaba. Me fui porque un perro que estaba sentado en la puerta comenzó a gruñir y los gritos insoportables de las mujeres parientes del que era enterrado, indicaban que ya lo estaban bajando y que yo tenía que estar allí para irme en el carro -lo recordé, porque me la imaginé llorando no sé dónde y no sé por qué.
Las puertas se abren a las tres, Guillermo Cabrera Infante
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