26.11.10

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Soy hombre de tristes palabras. ¿Qué era de lo que yo tenía, pero tanta culpa? Si el padre mío, siempre haciendo ausencia: y el río-río-río, y el río poniendo perpetuo. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -la vida era sólo la morosidad. Yo mismo tenía achaques, bascas, aquí en los bajos, flojeras, pachorras de reumas. ¿Y él? ¿Por qué? Habría de padecer mucho muy seguido. De tan anciano, días más o días menos, que iba a flaquear del vigor, y dejar que la canoa se volteara, o que errara el garete, en la llevada del río, para despeñarse horas abajo, en el catarateo y en el tumbo del torrente, bravo, con el hervor y muerte. De apretar el corazón. Él estaba allá, sin la tranquilidad mía.


La tercera margen del río, João Guimaraes Rosa

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