15.55. Termino un texto sobre la estación de ferrocarril de Calcuta. Habría que escribirlo desde la otra punta del estilo, de la máquina, de uno mismo, al cabo de una mutación vertiginosa que no soy capaz de operar; me quedo en el asco superficial, en el horror previo a la fabricación de una buena conciencia que consiste probablemente en escribir ese texto, como si pudiera servirle de algo al niño que hundía la mano en el vómito del perro, a la mujer que vi en Bombay bajo un sol de Abril a mediodía, napalm cósmico de los pobres, tendida en una plazoleta en pleno centro, exactamente tendida en la ridícula línea de sombra de un poste de alumbrado, arrastrándose para seguir la sombra de su desplazamiento de monstruosa aguja de reloj de muerte.
Uno de tantos días en Saignon, Julio Cortázar
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