Cristián extrañaba secretamente sus amores confiados, distantes y distintos. Era tan fácil confiar en lo que no le importaba demasiado. Esos amores de confitería, de esquinas de almacenes, de playas, que no le robaban nada, ni sus paseos por las mañanas al sol, ni sus horas vacías, ni la soledad que lo llevaba a tientas al lado de los demás seres, ni las visitas a casa de sus primas, ni la generosidad divina del tiempo, ni su desgracia de estar siempre solo.
Los pies desnudos, Silvina Ocampo
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